martes, 24 de abril de 2012

Día del libro

Con motivo del día del libro he elaborado una lista de lo que me ha dado tiempo a leer de abril del 2011 a abril del 2012. Muchos de ellos han tardado un par de días, otros varias semanas, pero en definitiva todos se quedan conmigo. Lástima que muchos tuvieran que volver a la biblioteca, porque de ser por mi estarían amontonados en algún rincón de mi habitación esperando una relectura de esas voraces que me asaltan a veces. Están por orden de llegada a mi memoria mientras escribo, así que allá va:

1. Los juegos del hambre (volumen I, II y III) de Suzanne Collins.
2. La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
3. El Golem de Gustav Meyrink.
4. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.
5. Némesis de Philip Roth.
6. Trópico de Capricornio de Henry Miller.
7. La guerra de los mundos de H.G. Wells.
8. Así habló Zaratustra de Nietzsche.
9. La tentación de existir de Emil Cioran.
10. El aciago demiurgo de Emil Cioran.
11. Crimen y castigo de Dostoyevski.
12. A sangre fría de Truman Capote.
13. Cuentos de Julio Cortázar.
14. Cuentos I de Edgar Allan Poe.
15. Dublineses de James Joyce.
16. El Péndulo de Focault de Umberto Eco.
17. Lolita de Vladimir Nabokov.
18. El Caballero de la armadura oxidada de Robert Fisher.
19. Los Jefes. Los cachorros de Mario Vargas Llosa.
20. Ficciones de Jorge Luis Borges.
21. El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.

Y el más inútil de todos: Menos que cero de Bret Easton Ellis. Es el único del que me arrepiento: un montón de niñatos cuyo drama vital se reduce al aburrimiento, a la coca, a las fiestas en la piscina y a los pósters de Elvis Costello. Me acordaría de algo más, pero es que (afortunadamente) tengo una memoria muy selectiva.

Este ha sido un buen año, como mínimo desde el punto de vista literario.


domingo, 1 de abril de 2012

Crucé

el pasillo. La madera del piso chasqueaba, delatándome a cada paso. La casa estaba en completo silencio, como si el menor crujido revelase una presencia perversamente escondida. Había llovido y por la ventana se transparentaba una luz pálida, parecía que una sábana cubría el sol y a través de ella se filtraba una claridad difuminada. Al llegar a la cocina me detuve y apoyé el brazo derecho sobre el marco de la puerta. Justo frente a mí, y sentada en el umbral de la puerta del patio, estaba ella. La pesada mesa de madera que ocupaba el centro de la habitación me impedía ver más abajo de sus hombros. La densa luz grisácea enturbiaba el brillo de sus rizos castaños, que formaban un grueso fleco encima de la piel tensa de su nuca agachada. Movía el brazo en círculos, como si estuviese removiendo la tierra mantecosa recién mojada. Permanecí allí un buen rato, inmóvil, absorto, esperando que advirtiese mi presencia y se volviese a mirarme, pero no lo hizo. Sentí que el más leve movimiento, o una exhalación más profunda de lo normal, acabarían por robarle ese momento de armonía que no me pertenecía.