domingo, 1 de abril de 2012

Crucé

el pasillo. La madera del piso chasqueaba, delatándome a cada paso. La casa estaba en completo silencio, como si el menor crujido revelase una presencia perversamente escondida. Había llovido y por la ventana se transparentaba una luz pálida, parecía que una sábana cubría el sol y a través de ella se filtraba una claridad difuminada. Al llegar a la cocina me detuve y apoyé el brazo derecho sobre el marco de la puerta. Justo frente a mí, y sentada en el umbral de la puerta del patio, estaba ella. La pesada mesa de madera que ocupaba el centro de la habitación me impedía ver más abajo de sus hombros. La densa luz grisácea enturbiaba el brillo de sus rizos castaños, que formaban un grueso fleco encima de la piel tensa de su nuca agachada. Movía el brazo en círculos, como si estuviese removiendo la tierra mantecosa recién mojada. Permanecí allí un buen rato, inmóvil, absorto, esperando que advirtiese mi presencia y se volviese a mirarme, pero no lo hizo. Sentí que el más leve movimiento, o una exhalación más profunda de lo normal, acabarían por robarle ese momento de armonía que no me pertenecía.

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