lunes, 26 de octubre de 2015

Nos hicimos

Nos hicimos perdedores por pura convicción. Recorríamos las calles vacías de un barrio olvidado con el aburrimiento como leitmotiv. No teníamos una vida interesante, ni lo iba a ser, así que qué más daba. No nos parecíamos entre nosotros en nada y en el fondo la indiferencia con la que nos enfrentábamos a todo no podía ser más igual. Tiempo, vida, amor, realización, oímos decir a alguien alguna vez, y el estómago se nos retorció al unísono. Nos acusaban de una pasividad que nos era totalmente ajena, desconocida, como si nos hablaran de un sitio en que no has estado ni quieres estar, o de alguien que no conoces y cuya vida no te interesa, o lo que es lo mismo, que nos dejaba completamente fríos. Se suponía que todo y nada tenía que enfadarnos, que el deseo de cambio tenía que haber nacido en nosotros como la sensación de hambre, que la mierda que teníamos alrededor tenía que motivarnos y empujarnos a la vida. Alguien intentaba darle sentido, le buscaba símiles, nos englobaba en cierta tendencia o le ponían nombre a lo nuestro. Nosotros no habíamos sentido nada, ni reflexionado nada, ni lo habíamos intentado. Habíamos nacido muertos.

jueves, 8 de octubre de 2015

Tenia...

Tenía quince años y su ropa emanaba un perfume de tragedia que se percibía sutilmente en cuanto te acercabas a él y que se tornaba insoportable si permanecías más de cinco minutos a su lado. Tenía quince años y su música, la música que inevitablemente define y produce cada uno de nosotros, como el ruido de una pulsera atada permanente y afectuosamente a la muñeca, o el ruido de las llaves jugueteando en el bolsillo del pantalón de tu padre, entonaba una balada desconsoladora que sonaba a himno de derrota. Había aprendido, como un animal amaestrado, los movimientos básicos para la subsistencia, una inercia que a la que se abandonaba con el más metódico de los desintereses.

Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.

Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.