...era un sufrimiento austral, boreal. Como la luz del sol baña constantemente el globo terráqueo, el foco de su dolor, que se proyectaba en todas direcciones, se encontraba escondido bajo su pecho.
El suyo era un corazón hecho de manzana, pero no de caramelo, duro y rígido como a ella le habría gustado, sino más bien de mermelada: se descomponía con facilidad y a cada atisbo de crueldad notaba como se le derramaba inexorablemente por el pecho. Cerraba los ojos e intentaba evadir la punzada y cortar el derrame, pero la herida, si bien habría de dejar de supurar por fuerza, le dibujaba grácilmente una cicatriz invisible que sólo evidenciaba la comisura levemente caída de su sonrisa. A veces notaba como se le hinchaba el pecho, y la pequeña pieza de fruta, ahora abombada, luchaba por traspasar la piel y romper el tenue velo que le oprimía para así mostrarse al mundo: rojo, enorme, palpitante, desecho y vivo. Eran instantes de alarma, pues sabía que, si alguien descubría que en su interior ocultaba tal monstruosidad, tendría que abandonarlo a su suerte, tendría que renunciar a aquella semilla que había germinado inapropidadamente en su tórax y deambular por siempre con un simple órgano que bombeara la sangre insípida de su cuerpo.
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