jueves, 8 de octubre de 2015

Tenia...

Tenía quince años y su ropa emanaba un perfume de tragedia que se percibía sutilmente en cuanto te acercabas a él y que se tornaba insoportable si permanecías más de cinco minutos a su lado. Tenía quince años y su música, la música que inevitablemente define y produce cada uno de nosotros, como el ruido de una pulsera atada permanente y afectuosamente a la muñeca, o el ruido de las llaves jugueteando en el bolsillo del pantalón de tu padre, entonaba una balada desconsoladora que sonaba a himno de derrota. Había aprendido, como un animal amaestrado, los movimientos básicos para la subsistencia, una inercia que a la que se abandonaba con el más metódico de los desintereses.

Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.

Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.

No hay comentarios: