martes, 6 de septiembre de 2011
Aquellos
bloques de edificios nunca me habían gustado. No se trataba de su aspecto, sino de su disposición: todos iguales, paralelos, repetidos. Una casa igual a otra casa igual a otra casa, parecían criaderos; total, ellos no se dan cuenta. El parque en torno al cual se situaban no era mucho mejor. Aunque físicamente era como cualquier otro parque, este parecía más pálido y sombrío. Los gritos de los niños parecían más estremecedores; sus risas más falsas. El tiempo, además, tampoco se media como en otros lugares, ya que una masa gris hacía el aire más pesado y ralentizaba las horas. Las caras se difuminaban y sólo podía distinguirse con nitidez en cuerpo. Por las calles se oían voces cuyos dueños era imposible determinar, ya que si bien debían salir de alguna ventana, ninguna de ellas estaba abierta. Las desconchadas fachadas de los abominables edificios aparecían roídas y pintadas de colores mate a juego con el color de los corazones de sus habitantes. Todo allí era cómplice de un secreto, todos compartían un tormento que les había despojado de toda humanidad.
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