domingo, 11 de septiembre de 2011
Entonces...
...recordé aquel mechón de pelo castaño, revoltoso, que nacía de un remolino justo en medio de la frente. Sus uñas de color nácar lo apartaban constantemente, despreocupadas, pues sabían que instantes más tarde volvería a caer, bucle perfecto, y chocaría con sus espesas cejas. La maniobra se repetía constantemente, casi de forma mecánica; diríase que formaba parte de esos que llaman movimientos involuntarios, como respirar o pestañear. Yo, sin embargo, admiraba el ágil movimiento hipnotizado, conteniendo la respiración, esperando impaciente ese gesto rápido que colocaba aquel indomable mechón siguiendo la delicada forma de su oreja. No hacía falta un movimiento, un soplo ligero de aire, para que volviese a caer, sino que al poco, desatándose de aquel lecho artificial, volvía a reclamar su lugar por naturaleza, aquel que le correspondía por nacimiento. A veces, cuando se cansaba de jugar con él, de responder a sus múltiples provocaciones, lo dejaba en medio de la frente, abandonado. No sé si ella se daba cuenta, pero yo apretaba los labios, impaciente, y me quedaba mirándolo desafiante, ¿por qué había permitido que se acabase el juego?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
curioso, si señor, curioso :)
inesperado final.
Publicar un comentario