Llevaba la sombra de las noches a la intemperie tatuada bajo unos ojos que jamás habían visto un amigo. Llevaba todo el desprecio absorbido concentrado en el mohín de indiferencia de su boca, un gesto que lo cambiaba todo. Las luces de las farolas, de los escaparates que aguardaban al siguiente día, de los rótulos de los bares trasnochados, habían sustituido el brillo natural de su mirada. Su frente avanzaba entre el aire enviciado de los tubos de escape, la humedad del rocío de la noche, el sol de los parques de cemento, las calles que no le recordaban a nada.
Había aprendido que todo el mundo era culpable hasta que se demostrase lo contrario.
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