martes, 12 de enero de 2016
No imaginé...
Cada latido bombea un poco más del ponzoña a través de mi cuerpo; me recorres inevitablemente, surcas cada camino, me invades silenciosamente. No puedo filtrar el aire, te has ocultado como el aliento en la niebla nocturna. Entras disfrazada como un lastre indefinido que ralentiza cada instante, que me va inmovilizando poco a poco víctima de un aroma infinito.
viernes, 1 de enero de 2016
Libros leídos en 2015
La lista de libros de este año es completamente deliberada. Tampoco voy a negar que algunos han costado mucho (mucho) pero que los he terminado por la convicción de que merecían la pena. Y es verdad que algunos la han merecido, tanto que incluso me he emocionado. Otros incluso me han hecho pensar. Y no concibo mejor combinación que esa.
1. El nombre de la rosa de Umberto Eco.
2. El desierto de los tártaros de Dino Buzzati.
3. La señora Dalloway de Virginia Woolf.
4. Orgullo y prejuicio de Jane Austen.
5. El ruido y la furia de William Faulkner.
6. El alquimista de Paulo Coelho.
7. La historia interminable de Michael Ende.
8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
9. Los cuatro jinetes del apocalipsis de Blasco Ibáñez.
10. La canción de salomón de Toni Morrison.
11. Soldados de Salamina de Javier Cercas.
12. La espuma de los días de Boris Vian.
13. Eclipse del sol de Albert Lijanov.
14. 2666 del enorme Roberto Bolaño.
15. Misery de Stephen King.
Teniendo en cuenta que alguno (no voy a dar nombres) pasaba de las 1000 páginas, no está mal. La calidad no está reñida con la cantidad, dicen, pero es cierto que no ha sido uno de los años más productivos. Tampoco he arriesgado mucho con los autores, lo reconozco. Aún así, algún peñazo ha caído por el camino...
Este año comienza con La trilogía de la fundación (La fundación, Fundación e imperio y La segunda fundación) de Isaac Asimov. Un poco fuera de mi órbita, pero allá voy.
1. El nombre de la rosa de Umberto Eco.
2. El desierto de los tártaros de Dino Buzzati.
3. La señora Dalloway de Virginia Woolf.
4. Orgullo y prejuicio de Jane Austen.
5. El ruido y la furia de William Faulkner.
6. El alquimista de Paulo Coelho.
7. La historia interminable de Michael Ende.
8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
9. Los cuatro jinetes del apocalipsis de Blasco Ibáñez.
10. La canción de salomón de Toni Morrison.
11. Soldados de Salamina de Javier Cercas.
12. La espuma de los días de Boris Vian.
13. Eclipse del sol de Albert Lijanov.
14. 2666 del enorme Roberto Bolaño.
15. Misery de Stephen King.
Teniendo en cuenta que alguno (no voy a dar nombres) pasaba de las 1000 páginas, no está mal. La calidad no está reñida con la cantidad, dicen, pero es cierto que no ha sido uno de los años más productivos. Tampoco he arriesgado mucho con los autores, lo reconozco. Aún así, algún peñazo ha caído por el camino...
Este año comienza con La trilogía de la fundación (La fundación, Fundación e imperio y La segunda fundación) de Isaac Asimov. Un poco fuera de mi órbita, pero allá voy.
lunes, 26 de octubre de 2015
Nos hicimos
Nos hicimos perdedores por pura convicción. Recorríamos las calles vacías de un barrio olvidado con el aburrimiento como leitmotiv. No teníamos una vida interesante, ni lo iba a ser, así que qué más daba. No nos parecíamos entre nosotros en nada y en el fondo la indiferencia con la que nos enfrentábamos a todo no podía ser más igual. Tiempo, vida, amor, realización, oímos decir a alguien alguna vez, y el estómago se nos retorció al unísono. Nos acusaban de una pasividad que nos era totalmente ajena, desconocida, como si nos hablaran de un sitio en que no has estado ni quieres estar, o de alguien que no conoces y cuya vida no te interesa, o lo que es lo mismo, que nos dejaba completamente fríos. Se suponía que todo y nada tenía que enfadarnos, que el deseo de cambio tenía que haber nacido en nosotros como la sensación de hambre, que la mierda que teníamos alrededor tenía que motivarnos y empujarnos a la vida. Alguien intentaba darle sentido, le buscaba símiles, nos englobaba en cierta tendencia o le ponían nombre a lo nuestro. Nosotros no habíamos sentido nada, ni reflexionado nada, ni lo habíamos intentado. Habíamos nacido muertos.
jueves, 8 de octubre de 2015
Tenia...
Tenía quince años y su ropa emanaba un perfume de tragedia que se percibía sutilmente en cuanto te acercabas a él y que se tornaba insoportable si permanecías más de cinco minutos a su lado. Tenía quince años y su música, la música que inevitablemente define y produce cada uno de nosotros, como el ruido de una pulsera atada permanente y afectuosamente a la muñeca, o el ruido de las llaves jugueteando en el bolsillo del pantalón de tu padre, entonaba una balada desconsoladora que sonaba a himno de derrota. Había aprendido, como un animal amaestrado, los movimientos básicos para la subsistencia, una inercia que a la que se abandonaba con el más metódico de los desintereses.
Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.
Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.
Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.
Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.
lunes, 14 de septiembre de 2015
Un inesperado...
...ruido de cristales, provocado por la explosión súbita de un vaso inocente que había sido colocado arbitrariamente junto al fregadero, rebotó en las paredes de la cocina y recorrió velozmente el aire envenenado que se introdujo como una anguila en los orificios indefensos de su nariz. El pavor, que debió haber provocado que se incorporara violentamente en la cama, se detuvo junto a sus oídos, le susurró un verso abominable y le impulsó delicadamente una náusea que se detuvo ante la barrera esmaltada de sus dientes. La noche, que había trepado sigilosamente por su cama, se había extendido como el plomo fundido sobre las sábanas, y sólo su barbilla se encontraba al borde del denso líquido. Lamentó entonces, rendido a la parálisis, que el interruptor de la luz se encontrase en la pared exterior de aquel cuarto, y que la única manera de que la luz, la purificadora luz, emulase la seguridad con la que gobierna el día, pasara por recorrer a oscuras, completamente a ciegas y expuesto al enemigo oculto, el imposible camino que separaba el borde de su cama del remoto pulsador. Una carcajada vítrea, lúcida y atroz se deslizó a través de su boca y empapó las paredes de su cuarto, que, aquejadas de una repentina debilidad, se derrumbaron sobre su lecho.
jueves, 10 de septiembre de 2015
El suyo..
...era un sufrimiento austral, boreal. Como la luz del sol baña constantemente el globo terráqueo, el foco de su dolor, que se proyectaba en todas direcciones, se encontraba escondido bajo su pecho.
El suyo era un corazón hecho de manzana, pero no de caramelo, duro y rígido como a ella le habría gustado, sino más bien de mermelada: se descomponía con facilidad y a cada atisbo de crueldad notaba como se le derramaba inexorablemente por el pecho. Cerraba los ojos e intentaba evadir la punzada y cortar el derrame, pero la herida, si bien habría de dejar de supurar por fuerza, le dibujaba grácilmente una cicatriz invisible que sólo evidenciaba la comisura levemente caída de su sonrisa. A veces notaba como se le hinchaba el pecho, y la pequeña pieza de fruta, ahora abombada, luchaba por traspasar la piel y romper el tenue velo que le oprimía para así mostrarse al mundo: rojo, enorme, palpitante, desecho y vivo. Eran instantes de alarma, pues sabía que, si alguien descubría que en su interior ocultaba tal monstruosidad, tendría que abandonarlo a su suerte, tendría que renunciar a aquella semilla que había germinado inapropidadamente en su tórax y deambular por siempre con un simple órgano que bombeara la sangre insípida de su cuerpo.
El suyo era un corazón hecho de manzana, pero no de caramelo, duro y rígido como a ella le habría gustado, sino más bien de mermelada: se descomponía con facilidad y a cada atisbo de crueldad notaba como se le derramaba inexorablemente por el pecho. Cerraba los ojos e intentaba evadir la punzada y cortar el derrame, pero la herida, si bien habría de dejar de supurar por fuerza, le dibujaba grácilmente una cicatriz invisible que sólo evidenciaba la comisura levemente caída de su sonrisa. A veces notaba como se le hinchaba el pecho, y la pequeña pieza de fruta, ahora abombada, luchaba por traspasar la piel y romper el tenue velo que le oprimía para así mostrarse al mundo: rojo, enorme, palpitante, desecho y vivo. Eran instantes de alarma, pues sabía que, si alguien descubría que en su interior ocultaba tal monstruosidad, tendría que abandonarlo a su suerte, tendría que renunciar a aquella semilla que había germinado inapropidadamente en su tórax y deambular por siempre con un simple órgano que bombeara la sangre insípida de su cuerpo.
sábado, 4 de julio de 2015
El cansancio...
...le había arrastrado hasta la pantanosa orilla de su sudorosa cama. Su cuerpo, retorcido y pesado, se hundía en los blancos médanos de sal de las sábanas que cambiaban dócilmente de forma con cada agitación de sus miembros. La noche, cómplice omnipresente, aprovechaba la impunidad con la que ejercía su reinado para cometer el mismo hurto de todos los días. Con silenciosa y mecánica calma, a cada exhalación drenaba el sueño de su cuerpo e insuflaba el vacío de sus pulmones con olvido. Aquella noche, sin embargo, un brusco despertar abortó la tarea y le obligó a saltar de la cama. Las piernas le escocían, como si un insecto le recorriese toda la piel y se la aguijoneara. Se golpeó las piernas incesablemente, casi con una determinación frenética, pero no consiguió que el dolor cesara. Anduvo a oscuras por el pasillo y se dirigió a tientas hasta la puerta. Al abrirla, pudo ver como el picor de piel, convertido ahora en un ácido vapor, salía de sus poros y se disipaba en el aire de la noche. Cuando alzó la vista, comprendió que todo aquello no era sino parte de un plan para embrujarlo, para que elevara sus ojos al cielo y dejara que una noche preñada de estrellas se le colara entre las pestañas y le dejara ciego de belleza.
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