Llevaba la sombra de las noches a la intemperie tatuada bajo unos ojos que jamás habían visto un amigo. Llevaba todo el desprecio absorbido concentrado en el mohín de indiferencia de su boca, un gesto que lo cambiaba todo. Las luces de las farolas, de los escaparates que aguardaban al siguiente día, de los rótulos de los bares trasnochados, habían sustituido el brillo natural de su mirada. Su frente avanzaba entre el aire enviciado de los tubos de escape, la humedad del rocío de la noche, el sol de los parques de cemento, las calles que no le recordaban a nada.
Había aprendido que todo el mundo era culpable hasta que se demostrase lo contrario.
viernes, 26 de agosto de 2016
martes, 5 de julio de 2016
Todavía me pregunto...
Todavía me pregunto cuál sería aquella hora de la noche. No había nada alrededor salvo un vacío opaco y oscuro, una eternidad comparable sólo al hermetismo de un párpado que se vence a la narcosis más profunda. Parecía que nos habíamos colado en una hora intermedia, una hora vedada al ojo humano que nos había dejado entrar divertida por nuestra inconsciencia. Jamás olvidaré la cara del hombre que me acompañaba, una cara que adoptaba mil formas inconclusas y que aquella noche infinita e irrespirable se negaba a mostrarme. La tierra bajo nuestros pies cambiaba a cada paso: unas veces, los dedos se hundían en la tierra fangosa y derretida de lo que sin ninguna duda era un manglar; unos pocos pasos más allá la gravilla punzante se movía caprichosa bajo nuestros pies desnudos encendidos de dolor. Se había desatado un carrera furiosa entre el miedo que nos latía en las sienes y la velocidad de nuestros pasos, nos movíamos poseídos por una voluntad alucinada que nos guiaba cada vez más adentro de aquel sueño interminable.
martes, 12 de enero de 2016
No imaginé...
Cada latido bombea un poco más del ponzoña a través de mi cuerpo; me recorres inevitablemente, surcas cada camino, me invades silenciosamente. No puedo filtrar el aire, te has ocultado como el aliento en la niebla nocturna. Entras disfrazada como un lastre indefinido que ralentiza cada instante, que me va inmovilizando poco a poco víctima de un aroma infinito.
viernes, 1 de enero de 2016
Libros leídos en 2015
La lista de libros de este año es completamente deliberada. Tampoco voy a negar que algunos han costado mucho (mucho) pero que los he terminado por la convicción de que merecían la pena. Y es verdad que algunos la han merecido, tanto que incluso me he emocionado. Otros incluso me han hecho pensar. Y no concibo mejor combinación que esa.
1. El nombre de la rosa de Umberto Eco.
2. El desierto de los tártaros de Dino Buzzati.
3. La señora Dalloway de Virginia Woolf.
4. Orgullo y prejuicio de Jane Austen.
5. El ruido y la furia de William Faulkner.
6. El alquimista de Paulo Coelho.
7. La historia interminable de Michael Ende.
8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
9. Los cuatro jinetes del apocalipsis de Blasco Ibáñez.
10. La canción de salomón de Toni Morrison.
11. Soldados de Salamina de Javier Cercas.
12. La espuma de los días de Boris Vian.
13. Eclipse del sol de Albert Lijanov.
14. 2666 del enorme Roberto Bolaño.
15. Misery de Stephen King.
Teniendo en cuenta que alguno (no voy a dar nombres) pasaba de las 1000 páginas, no está mal. La calidad no está reñida con la cantidad, dicen, pero es cierto que no ha sido uno de los años más productivos. Tampoco he arriesgado mucho con los autores, lo reconozco. Aún así, algún peñazo ha caído por el camino...
Este año comienza con La trilogía de la fundación (La fundación, Fundación e imperio y La segunda fundación) de Isaac Asimov. Un poco fuera de mi órbita, pero allá voy.
1. El nombre de la rosa de Umberto Eco.
2. El desierto de los tártaros de Dino Buzzati.
3. La señora Dalloway de Virginia Woolf.
4. Orgullo y prejuicio de Jane Austen.
5. El ruido y la furia de William Faulkner.
6. El alquimista de Paulo Coelho.
7. La historia interminable de Michael Ende.
8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
9. Los cuatro jinetes del apocalipsis de Blasco Ibáñez.
10. La canción de salomón de Toni Morrison.
11. Soldados de Salamina de Javier Cercas.
12. La espuma de los días de Boris Vian.
13. Eclipse del sol de Albert Lijanov.
14. 2666 del enorme Roberto Bolaño.
15. Misery de Stephen King.
Teniendo en cuenta que alguno (no voy a dar nombres) pasaba de las 1000 páginas, no está mal. La calidad no está reñida con la cantidad, dicen, pero es cierto que no ha sido uno de los años más productivos. Tampoco he arriesgado mucho con los autores, lo reconozco. Aún así, algún peñazo ha caído por el camino...
Este año comienza con La trilogía de la fundación (La fundación, Fundación e imperio y La segunda fundación) de Isaac Asimov. Un poco fuera de mi órbita, pero allá voy.
lunes, 26 de octubre de 2015
Nos hicimos
Nos hicimos perdedores por pura convicción. Recorríamos las calles vacías de un barrio olvidado con el aburrimiento como leitmotiv. No teníamos una vida interesante, ni lo iba a ser, así que qué más daba. No nos parecíamos entre nosotros en nada y en el fondo la indiferencia con la que nos enfrentábamos a todo no podía ser más igual. Tiempo, vida, amor, realización, oímos decir a alguien alguna vez, y el estómago se nos retorció al unísono. Nos acusaban de una pasividad que nos era totalmente ajena, desconocida, como si nos hablaran de un sitio en que no has estado ni quieres estar, o de alguien que no conoces y cuya vida no te interesa, o lo que es lo mismo, que nos dejaba completamente fríos. Se suponía que todo y nada tenía que enfadarnos, que el deseo de cambio tenía que haber nacido en nosotros como la sensación de hambre, que la mierda que teníamos alrededor tenía que motivarnos y empujarnos a la vida. Alguien intentaba darle sentido, le buscaba símiles, nos englobaba en cierta tendencia o le ponían nombre a lo nuestro. Nosotros no habíamos sentido nada, ni reflexionado nada, ni lo habíamos intentado. Habíamos nacido muertos.
jueves, 8 de octubre de 2015
Tenia...
Tenía quince años y su ropa emanaba un perfume de tragedia que se percibía sutilmente en cuanto te acercabas a él y que se tornaba insoportable si permanecías más de cinco minutos a su lado. Tenía quince años y su música, la música que inevitablemente define y produce cada uno de nosotros, como el ruido de una pulsera atada permanente y afectuosamente a la muñeca, o el ruido de las llaves jugueteando en el bolsillo del pantalón de tu padre, entonaba una balada desconsoladora que sonaba a himno de derrota. Había aprendido, como un animal amaestrado, los movimientos básicos para la subsistencia, una inercia que a la que se abandonaba con el más metódico de los desintereses.
Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.
Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.
Con el sol de frente, y esa irritante tensión de la piel de la frente como consecuencia de apretar los ojos para poder ver mejor, le dio una patada a una piedra. Contempló como su avance era menor del esperado, como si se hubiera rendido antes de tiempo o fuera una piedra ya vieja que ni tuviera las ganas ni la energía suficiente para aprovechar aquel impulso y cambiar su situación. No tenía ni idea de cuál era el próximo paso, el próximo movimiento o que se suponía que debía hacer a continuación.
Tenía quince años y nadie le esperaba en casa.
lunes, 14 de septiembre de 2015
Un inesperado...
...ruido de cristales, provocado por la explosión súbita de un vaso inocente que había sido colocado arbitrariamente junto al fregadero, rebotó en las paredes de la cocina y recorrió velozmente el aire envenenado que se introdujo como una anguila en los orificios indefensos de su nariz. El pavor, que debió haber provocado que se incorporara violentamente en la cama, se detuvo junto a sus oídos, le susurró un verso abominable y le impulsó delicadamente una náusea que se detuvo ante la barrera esmaltada de sus dientes. La noche, que había trepado sigilosamente por su cama, se había extendido como el plomo fundido sobre las sábanas, y sólo su barbilla se encontraba al borde del denso líquido. Lamentó entonces, rendido a la parálisis, que el interruptor de la luz se encontrase en la pared exterior de aquel cuarto, y que la única manera de que la luz, la purificadora luz, emulase la seguridad con la que gobierna el día, pasara por recorrer a oscuras, completamente a ciegas y expuesto al enemigo oculto, el imposible camino que separaba el borde de su cama del remoto pulsador. Una carcajada vítrea, lúcida y atroz se deslizó a través de su boca y empapó las paredes de su cuarto, que, aquejadas de una repentina debilidad, se derrumbaron sobre su lecho.
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