sábado, 4 de julio de 2015
Las persianas de su cuarto...
...,que habían soportado tenazmente el ataque inapeable del sol matutino, permitían pasar una luz ya vencida que dejaba la casa sumida en una queda penumbra. El ruido de las aspas del ventilador en la habitación de su hermana, que marcaba la cadencia de la vida en aquella zona de la casa, le permitía esbozar mentalmente tumbado en su cama el giro incesante de noventa grados con que el que removía la sofocante humedad que emanaban las paredes. Los breves y pesados pasos de su madre en la cocina, colocando con cuidado y timidez la vajilla recién fregada en los armarios, completaban la sinfonía cotidiana que producía la vida en la casa a aquella hora de la tarde. De haberlo sabido en aquel momento, se habría dado cuenta de que, jamás como entonces, volvería a hallar esa paz.
domingo, 28 de junio de 2015
La luz azul fluorescente...
...del pasillo se reflejó en su identificación cuando cruzó el umbral de la puerta de su despacho. El aire enviciado y casi líquido de las estancias del campamento, clausurado y exento de ventilación externa para combatir las bajas temperaturas de fuera, atravesó su nariz como la cera derretida acaricia los bordes mantecosos un cirio. Una mampara cristalina e incandescente le cubría la capa exterior del globo ocular, provocando que un destello vidrioso se adivinara en sus ojos azules inflamados de miedo.
sábado, 27 de junio de 2015
Asomar...
...la frente al abismo de tu pecho y sentir en los labios la humedad de tu marea carmesí...
sábado, 7 de marzo de 2015
Tras varios impulsos...
...en los que sólo había conseguido que las uñas se le rompieran contra las romas aristas de la tierra seca y cuarteada, los dedos, que hasta el momento no habían conseguido remover más que un poco de arenisca, cedieron al desánimo y comenzaron a entumecérsele. A medida que arañaba desesperadamente la tierra seca en busca de una conclusión, la piel se cubría de una espesa capa blanquecina y un polvo sofocante se colaba entre sus pestañas y fosas nasales. Notaba el gusto áspero del polvo seco en la boca de la garganta: la tos era inminente. Cuanto mayor era el deseo de seguir cavando la tierra, mayor resultaba la frustración por seguir cavando. Durante un instante pensó en claudicar, en admitir que la derrota era parte de la naturaleza humana y ceder ante el dolor de los nudillos ensangrentados. El clímax se había prolongado tanto que la transcendencia del momento era insoportable.
sábado, 10 de enero de 2015
Libros leídos en 2014
No es que tenga especial interés en que nadie lea la lista de libros que me leí el año pasado (qué extraño hablar de hace 11 días con tanta lejanía) sino que mi memoria, aunque buena, no es escepcional, y que me gusta tener una lista a la que poder acudir de vez en cuando si me asalta el hambre voraz de relectura.
Tristemente este año he detectado más morralla. Como decía hace unos años, no todo va a ser El séptimo sello:
1. Lo mejor que le puede pasar a un cruasán de Pablo Tusset.
2. Hijos de la medianoche de Salman Rushdie.
3. Jesús me quiere de David Safier.
4. Las partículas elementales de Michel Houellebecq.
5. Wilt de Tom Sharpe.
6. ¡Ánimo Wil! de Tom Sharpe.
7. El enamorado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki.
8. La biblia de neón de John Kennedy Toole.
9. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks.
10. El extranjero de Albert Camus.
11. Que la muerte te acompañe de Risto Mejide.
12. Bajo la misma estrella de John Green.
13. Haciendo majaradas de Mario Vaquerizo.
A esta lista debería añadir las relecturas obligadas de cada año de Cien años de soledad y La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
Este año lo empiezo con El Nombre de la rosa de Umberco Eco. Espero seguir en esa línea y no crear otra lista de novelitas light como la que me parece acabar de escribir.
Tristemente este año he detectado más morralla. Como decía hace unos años, no todo va a ser El séptimo sello:
1. Lo mejor que le puede pasar a un cruasán de Pablo Tusset.
2. Hijos de la medianoche de Salman Rushdie.
3. Jesús me quiere de David Safier.
4. Las partículas elementales de Michel Houellebecq.
5. Wilt de Tom Sharpe.
6. ¡Ánimo Wil! de Tom Sharpe.
7. El enamorado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki.
8. La biblia de neón de John Kennedy Toole.
9. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks.
10. El extranjero de Albert Camus.
11. Que la muerte te acompañe de Risto Mejide.
12. Bajo la misma estrella de John Green.
13. Haciendo majaradas de Mario Vaquerizo.
A esta lista debería añadir las relecturas obligadas de cada año de Cien años de soledad y La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
Este año lo empiezo con El Nombre de la rosa de Umberco Eco. Espero seguir en esa línea y no crear otra lista de novelitas light como la que me parece acabar de escribir.
martes, 24 de abril de 2012
Día del libro
Con motivo del día del libro he elaborado una lista de lo que me ha dado tiempo a leer de abril del 2011 a abril del 2012. Muchos de ellos han tardado un par de días, otros varias semanas, pero en definitiva todos se quedan conmigo. Lástima que muchos tuvieran que volver a la biblioteca, porque de ser por mi estarían amontonados en algún rincón de mi habitación esperando una relectura de esas voraces que me asaltan a veces. Están por orden de llegada a mi memoria mientras escribo, así que allá va:
1. Los juegos del hambre (volumen I, II y III) de Suzanne Collins.
2. La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
3. El Golem de Gustav Meyrink.
4. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.
5. Némesis de Philip Roth.
6. Trópico de Capricornio de Henry Miller.
7. La guerra de los mundos de H.G. Wells.
8. Así habló Zaratustra de Nietzsche.
9. La tentación de existir de Emil Cioran.
10. El aciago demiurgo de Emil Cioran.
11. Crimen y castigo de Dostoyevski.
12. A sangre fría de Truman Capote.
13. Cuentos de Julio Cortázar.
14. Cuentos I de Edgar Allan Poe.
15. Dublineses de James Joyce.
16. El Péndulo de Focault de Umberto Eco.
17. Lolita de Vladimir Nabokov.
18. El Caballero de la armadura oxidada de Robert Fisher.
19. Los Jefes. Los cachorros de Mario Vargas Llosa.
20. Ficciones de Jorge Luis Borges.
21. El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.
Y el más inútil de todos: Menos que cero de Bret Easton Ellis. Es el único del que me arrepiento: un montón de niñatos cuyo drama vital se reduce al aburrimiento, a la coca, a las fiestas en la piscina y a los pósters de Elvis Costello. Me acordaría de algo más, pero es que (afortunadamente) tengo una memoria muy selectiva.
Este ha sido un buen año, como mínimo desde el punto de vista literario.
1. Los juegos del hambre (volumen I, II y III) de Suzanne Collins.
2. La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
3. El Golem de Gustav Meyrink.
4. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.
5. Némesis de Philip Roth.
6. Trópico de Capricornio de Henry Miller.
7. La guerra de los mundos de H.G. Wells.
8. Así habló Zaratustra de Nietzsche.
9. La tentación de existir de Emil Cioran.
10. El aciago demiurgo de Emil Cioran.
11. Crimen y castigo de Dostoyevski.
12. A sangre fría de Truman Capote.
13. Cuentos de Julio Cortázar.
14. Cuentos I de Edgar Allan Poe.
15. Dublineses de James Joyce.
16. El Péndulo de Focault de Umberto Eco.
17. Lolita de Vladimir Nabokov.
18. El Caballero de la armadura oxidada de Robert Fisher.
19. Los Jefes. Los cachorros de Mario Vargas Llosa.
20. Ficciones de Jorge Luis Borges.
21. El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.
Y el más inútil de todos: Menos que cero de Bret Easton Ellis. Es el único del que me arrepiento: un montón de niñatos cuyo drama vital se reduce al aburrimiento, a la coca, a las fiestas en la piscina y a los pósters de Elvis Costello. Me acordaría de algo más, pero es que (afortunadamente) tengo una memoria muy selectiva.
Este ha sido un buen año, como mínimo desde el punto de vista literario.
domingo, 1 de abril de 2012
Crucé
el pasillo. La madera del piso chasqueaba, delatándome a cada paso. La casa estaba en completo silencio, como si el menor crujido revelase una presencia perversamente escondida. Había llovido y por la ventana se transparentaba una luz pálida, parecía que una sábana cubría el sol y a través de ella se filtraba una claridad difuminada. Al llegar a la cocina me detuve y apoyé el brazo derecho sobre el marco de la puerta. Justo frente a mí, y sentada en el umbral de la puerta del patio, estaba ella. La pesada mesa de madera que ocupaba el centro de la habitación me impedía ver más abajo de sus hombros. La densa luz grisácea enturbiaba el brillo de sus rizos castaños, que formaban un grueso fleco encima de la piel tensa de su nuca agachada. Movía el brazo en círculos, como si estuviese removiendo la tierra mantecosa recién mojada. Permanecí allí un buen rato, inmóvil, absorto, esperando que advirtiese mi presencia y se volviese a mirarme, pero no lo hizo. Sentí que el más leve movimiento, o una exhalación más profunda de lo normal, acabarían por robarle ese momento de armonía que no me pertenecía.
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