lunes, 14 de septiembre de 2015

Un inesperado...

...ruido de cristales, provocado por la explosión súbita de un vaso inocente que había sido colocado arbitrariamente junto al fregadero, rebotó en las paredes de la cocina y recorrió velozmente el aire envenenado que se introdujo como una anguila en los orificios indefensos de su nariz. El pavor, que debió haber provocado que se incorporara violentamente en la cama, se detuvo junto a sus oídos, le susurró un verso abominable y le impulsó delicadamente una náusea que se detuvo ante la barrera esmaltada de sus dientes. La noche, que había trepado sigilosamente por su cama, se había extendido como el plomo fundido sobre las sábanas, y sólo su barbilla se encontraba al borde del denso líquido. Lamentó entonces, rendido a la parálisis, que el interruptor de la luz se encontrase en la pared exterior de aquel cuarto, y que la única manera de que la luz, la purificadora luz, emulase la seguridad con la que gobierna el día, pasara por recorrer a oscuras, completamente a ciegas y expuesto al enemigo oculto, el imposible camino que separaba el borde de su cama del remoto pulsador. Una carcajada vítrea, lúcida y atroz se deslizó a través de su boca y empapó las paredes de su cuarto, que, aquejadas de una repentina debilidad, se derrumbaron sobre su lecho.

jueves, 10 de septiembre de 2015

El suyo..

...era un sufrimiento austral, boreal. Como la luz del sol baña constantemente el globo terráqueo, el foco de su dolor, que se proyectaba en todas direcciones, se encontraba escondido bajo su pecho.
El suyo era un corazón hecho de manzana, pero no de caramelo, duro y rígido como a ella le habría gustado, sino más bien de mermelada: se descomponía con facilidad y a cada atisbo de crueldad notaba como se le derramaba inexorablemente por el pecho. Cerraba los ojos e intentaba evadir la punzada y cortar el derrame, pero la herida, si bien habría de dejar de supurar por fuerza, le dibujaba grácilmente una cicatriz invisible que sólo evidenciaba la comisura levemente caída de su sonrisa. A veces notaba como se le hinchaba el pecho, y la pequeña pieza de fruta, ahora abombada, luchaba por traspasar la piel y romper el tenue velo que le oprimía para así mostrarse al mundo: rojo, enorme, palpitante, desecho y vivo. Eran instantes de alarma, pues sabía que, si alguien descubría que en su interior ocultaba tal monstruosidad, tendría que abandonarlo a su suerte, tendría que renunciar a aquella semilla que había germinado inapropidadamente en su tórax y deambular por siempre con un simple órgano que bombeara la sangre insípida de su cuerpo.

sábado, 4 de julio de 2015

El cansancio...

...le había arrastrado hasta la pantanosa orilla de su sudorosa cama. Su cuerpo, retorcido y pesado, se hundía en los blancos médanos de sal de las sábanas que cambiaban dócilmente de forma con cada agitación de sus miembros. La noche, cómplice omnipresente, aprovechaba la impunidad con la que ejercía su reinado para cometer el mismo hurto de todos los días. Con silenciosa y mecánica calma, a cada exhalación drenaba el sueño de su cuerpo e insuflaba el vacío de sus pulmones con olvido. Aquella noche, sin embargo, un brusco despertar abortó la tarea y le obligó a saltar de la cama. Las piernas le escocían, como si un insecto le recorriese toda la piel y se la aguijoneara. Se golpeó las piernas incesablemente, casi con una determinación frenética, pero no consiguió que el dolor cesara. Anduvo a oscuras por el pasillo y se dirigió a tientas hasta la puerta. Al abrirla, pudo ver como el picor de piel, convertido ahora en un ácido vapor, salía de sus poros y se disipaba en el aire de la noche. Cuando alzó la vista, comprendió que todo aquello no era sino parte de un plan para embrujarlo, para que elevara sus ojos al cielo y dejara que una noche preñada de estrellas se le colara entre las pestañas y le dejara ciego de belleza.

Las persianas de su cuarto...

...,que habían soportado tenazmente el ataque inapeable del sol matutino, permitían pasar una luz ya vencida que dejaba la casa sumida en una queda penumbra. El ruido de las aspas del ventilador en la habitación de su hermana, que marcaba la cadencia de la vida en aquella zona de la casa, le permitía esbozar mentalmente tumbado en su cama el giro incesante de noventa grados con que el que removía la sofocante humedad que emanaban las paredes. Los breves y pesados pasos de su madre en la cocina, colocando con cuidado y timidez la vajilla recién fregada en los armarios, completaban la sinfonía cotidiana que producía la vida en la casa a aquella hora de la tarde. De haberlo sabido en aquel momento, se habría dado cuenta de que, jamás como entonces, volvería a hallar esa paz.

domingo, 28 de junio de 2015

La luz azul fluorescente...

...del pasillo se reflejó en su identificación cuando cruzó el umbral de la puerta de su despacho. El aire enviciado y casi líquido de las estancias del campamento, clausurado y exento de ventilación externa para combatir las bajas temperaturas de fuera, atravesó su nariz como la cera derretida acaricia los bordes mantecosos un cirio. Una mampara cristalina e incandescente le cubría la capa exterior del globo ocular, provocando que un destello vidrioso se adivinara en sus ojos azules inflamados de miedo.

sábado, 27 de junio de 2015

Asomar...

...la frente al abismo de tu pecho y sentir en los labios la humedad de tu marea carmesí...

sábado, 7 de marzo de 2015

Tras varios impulsos...

...en los que sólo había conseguido que las uñas se le rompieran contra las romas aristas de la tierra seca y cuarteada, los dedos, que hasta el momento no habían conseguido remover más que un poco de arenisca, cedieron al desánimo y comenzaron a entumecérsele. A medida que arañaba desesperadamente la tierra seca en busca de una conclusión, la piel se cubría de una espesa capa blanquecina y un polvo sofocante se colaba entre sus pestañas y fosas nasales. Notaba el gusto áspero del polvo seco en la boca de la garganta: la tos era inminente. Cuanto mayor era el deseo de seguir cavando la tierra, mayor resultaba la frustración por seguir cavando. Durante un instante pensó en claudicar, en admitir que la derrota era parte de la naturaleza humana y ceder ante el dolor de los nudillos ensangrentados. El clímax se había prolongado tanto que la transcendencia del momento era insoportable.